Tradición del chagra, en paseo patrimonial de Machachi

Mejía –

Cuatro jinetes de ponchos a rayas, sombreros de paño, zamarros forrados de piel de chivo y bufanda de lana de borrego intentan con huascas (sogas de cuero) detener a un toro cimarrón (toro de páramo).

Una voz ronca pide que la gente se haga a un lado: unos hacen caso, otros, como una vendedora de sombreros, no alcanzan a escuchar y saltan del susto al ver a ese toro de astas grandes bufar muy cerca.

 

En Machachi (Mejía-Pichincha) todos saben que la presencia del toro pregonero en la calle principal significa una sola cosa: el Paseo Procesional del Chagra va a empezar.

 

Son las 08:00 y el sol mañanero de junio quema, pero no como para calmar el frío que es arrastrado desde el volcán Cotopaxi, desde Los Illinizas, El Sincholagua por los fuertes vientos de verano. El ambiente huele a establo de hacienda, a sudor de caballo, a pacas de heno, a paja recién cortada, a betas recién aceitadas con grasa de vaca.

José Bohórquez, don Pepe como le conocen en la Asociación Cofradía del Chagra (Acocha), la cual ayudó a fundar hace más de 36 años, mira atentamente desde el lomo de su caballo Mateo, como ahora los jóvenes chagras se encargan de dirigir que el desfile de los Caballeros del Andes se dé respetando la tradición.

 

Es el trigésimo sexto paseo en el que participa don Pepe y en ese tiempo, dice, no ha cambiado ni la emoción, ni el orgullo que siente de haber nacido chagra. Lo único que lamenta es que hoy ya no lo acompaña en el desfile El Martín, un caballo que estuvo junto a él por 20 años. Ahora su «compañero de chacarerías» es El Mateo.

El origen del desfile está en debate entre sus habitantes.

Unos dicen que nació como agradecimiento de los chagras al patrono de la localidad, el Señor de la Santa Escuela, que impidió que en 1877 la erupción del Cotopaxi los afecte.

Otros creen que la tradición parte de que esa erupción hizo que se dispersara el ganado bravo del páramo y los chagras se organizaron para ‘corralearlos’ (juntarlos) y llevarlos hasta las tierras de las haciendas de las que huyeron.

Independientemente del origen, el Paseo del Chagra, explica Roberto Hidalgo, alcalde del cantón Mejía, es una tradición que debe ser puesta en valor por todos los ecuatorianos. En esta ocasión, este paseo celebraba su primer año de haber sido declarado Patrimonio Inmaterial de la Nación.

Pero el chagra cari (chagra macho) que se levantó a las 03:00 para juntar al ganado para el ordeño y luego ensillar su caballo criollo (para el páramo) para el desfile, no puede estar completo sin su chagra warmi (hembra), la que de madrugada ordeñó al rejo y luego, antes de colocarse su follón, su colorida blusa y su pañolón bordado, dio de desayunar a todos los trabajadores de la hacienda.

Mientras termina de colocar un listón de color a una de sus dos trenzas, Camila Pozo, la elegida Chagra Linda 2019, define a la compañera del chagra cari como la representación viva de las warmis de la Sierra: mujeres trabajadoras, emprendedoras, inteligentes, que laboran codo a codo con su pareja para que el campo produzca. 

El desfile empieza. Las bandas de pueblo con instrumentos muy lustrosos tocan; los danzantes con trajes tan coloridos como el páramo dan rienda a sus acompasados movimientos; los caballos relinchan al hacer un truco que saca aplausos del público y el chagra, sea cari o warmi, erguido y sobre imponente caballo pasea su tradición.

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