‘La cueva del diablo’, un tesoro arqueológico cercano a Chone

Está en medio de las montañas de Chone, Manabí. Es una cavidad natural con petroglifos de 3600 y 500 a.C. 
 

Cuando tenía 25 años, Hernán Macías compró un terreno en la orilla alta del Río Vendido, en medio del bosque húmedo de Manabí. Construyó una pequeña morada para él, su esposa y sus hijos. Los recuerdos sobre cuando supo de La cueva del diablo son “un poco borrosos”. 

De lo que sí está seguro es de que sus hijos fueron quienes entraron a la casa pregonando -entre gritos- que habían encontrado “una cueva de piedra llena de dibujos en las paredes”. Resulta que el hallazgo se trataba de unos petroglifos, incisiones en roca logradas a presión y con golpes de una herramienta parecida a un cincel, y que datan del periodo formativo. Pero eso Hernán, de 85 años, lo supo después. 

La capilla

Hace 40 años, aproximadamente, Jorge Zambrano compró el terreno colindante al de Hernán. El hijo de Zambrano entabló amistad con la familia Macías. Uno de los pasatiempos de los chiquillos -en medio del laberíntico monte chonero- era explorar la cueva de los petroglifos. 

A don Hernán le parecía peligroso que estén ahí, porque a las orillas del río Vendido “hay culebras de monte, y dentro de la cueva murciélagos”. Además, él miraba que los “dibujos sobre la piedra”, como él llama a los petroglifos, parecían frágiles, fáciles de destruir. 

No creía que era una buena idea que tanta gente visite con frecuencia ese lugar. Para ahuyentar a los intrusos y mantener lejos a los niños les decía “que ahí vive el diablo y que les iba a llevar”, recuerda Zambrano. 

Poca gente, por no decir nadie, se atrevía a entrar en este. Los murciélagos, que salían volando por el ruido, eran los efectos especiales de las historias que Hernán inventaba.  Ahora, él siente que ese lugar posee algo especial, místico y diferente. Tiene la certeza de que sus antepasados estuvieron ahí, por eso le llama la capilla. 

Manos a la obra

Jorge Zambrano creció, así como su curiosidad por La cueva del diablo. En su adolescencia viajó a Estados Unidos, aprendió un poco sobre arqueología y cuando volvió al lugar, años después, entendió que los ‘dibujos en piedra’ eran petroglifos de hace miles de años. “Es nuestro tesoro, nuestro patrimonio”.

 Con el afán de preservar la cueva, que sufrió un considerable derrumbe por el terremoto de 2016, Zambrano contactó a Luis Andrade Alcívar, habitante de Chone y profesor de Turismo de la Escuela Politécnica Agropecuaria de Manabí (Espam). Como él no podía encargarse solo de salvaguardar este patrimonio arqueológico, Luis se contactó con una arqueóloga que había trabajado en comunidades de la zona, Josefina Vásquez.  

La comunidad se sorprende de que Macías permita que Vásquez y Andrade entren a su protegido tesoro. Macías lo hace porque sabe que solo los especialistas le pueden ayudar a preservar La cueva del diablo. 

Alianzas 

Andrade hace hincapié en cómo el turismo comunitario puede colaborar con la ciencia, siempre y cuando sepa valorar “la fragilidad del recurso”. La cantidad de sorpresas de su cantón natal, Chone, le inspiró a dedicarse a promocionar este destino. Dice que “un profesional del turismo, antes de pensar en un posible producto o sitio, debe saber interpretar, preservar y difundir el valor de un bien o lugar”. 

Para esto, insiste en que “contactarse con biólogos, geólogos, arqueólogos o científicos es importante porque ayuda a transmitir la información  los habitantes del lugar”. Junto a Josefina, él evalúa que La cueva del diablo “no está lista para recibir visitantes”, porque es un entorno frágil. Personas entrando a la cueva, tocando los petroglifos, pisando la tierra húmeda podría provocar que ese patrimonio se pierda para siempre.

Localización 

°   ‘La cueva del diablo’ está en la cuenca alta del Río Vendido, a 500 metros sobre el nivel del mar y sobre las montañas orientales de Manabí. En este punto se intersecan los cantones Pichincha y Chone. Es posible llegar después de un viaje de 40 minutos en camioneta, y 2 horas en mula, desde Chone.

«Se ha trabajado mucho la arqueología sobre la Sierra y muy poco sobre la Costa”.
 
Josefina Vázquez
Arqueóloga

LAHORALAB

Cinthya Gabriela Guaña Córdova, estudiante de la USFQ

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