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Mide 45 metros y está hecha de unas 7.400 piezas de aluminio fabricadas en Madrid. Es una de las atracciones de la ciudad de Quito que los turístas no dejan de agendar esta visita por su belleza y la gran vista de la ciudad que ofrece.

Se la ve desde cualquier lugar de Quito. Es una Virgen enorme y quizás la única del mundo con alas de ángel. Se la conoce con el nombre de la Virgen del Panecillo, el monte en el que se haya situada y, desde el que bendice, la Semana Santa quiteña, que se afana en los preparativos para la gran procesión del Jesús del Gran Poder.

En todo el mundo se la conoce como la Virgen de Quito, del Panecillo o del Apocalipsis, porque Bernardo de Legarda, el creador de la pequeña escultura, que iba a servir de modelo a la colosal imagen, se inspiró, para su creación, en el capítulo 12 del Apocalipsis: "¿Quién es esta mujer, de sol vestida, reina, de doce estrellas coronada, portentosa señal, airosa, alada, que al firmamento se remonta erguida? ¿Quién es esta mujer engrandecida, que a sus plantas la luna ve postrada, mantiene a la serpiente encadenada y entre todas es la única escogida?".

En 1732, los franciscanos, omnipresentes en Quito, querían una imagen de la Inmaculada para uno de los retablos de las capillas laterales de la monumental iglesia que regentan en la ciudad. Y le hacen el encargo a Bernardo de Legarda, uno de los más importantes maestros de la Escuela Quiteña, que contaba con decenas de artistas indígenas o mestizos, trabajando precisamente en los talleres del monasterio franciscano.

El encargo se las traía, porque la iconografía de la Inmaculada estaba plasmada en obras excelsas, difícilmente superables. Quizás por eso, el artista quiteño pensó en hacer una Inmaculada original, que rompiese moldes. Y con esa idea comenzó a tallar una imagen de apenas 30 centímetros, que conectase la iconografía española con la indígena. De ahí que al clásico dragón bajo los pies, a la luna a su espalda y a la corona de estrellas, le añadiese las alas.

Así nació la Virgen alada, una pequeña escultura tan bella que parece moverse, con gracia, con estilo y a la vez, con serenidad, alzándose hacia el cielo con sus peculiares alas. Ante tanta belleza, los franciscanos decidieron colocarla no en el lateral, sino en el altar mayor de su monumental iglesia. Por cierto, construida por el propio maestro Legarda.



La devoción por la Virgen alada comenzó a extenderse entre los fieles como un reguero de pólvora. Y pronto comenzaron a llamarla la Virgen bailarina y, por supuesto, la Virgen alada. Su fama traspasó fronteras y surgieron distintas réplicas. Una de las más famosas, realizada por el propio Legarda, se encuentra en la catedral colombiana de Popayán.

 Convertida en la joya de la ciudad, la Virgen alada estaba destinada a bendecirla desde un monte colocado en el corazón de Quito: el Panecillo. Un monte que los quechuas llamaban Shungolama (corazón de montaña) y que, a su llegada a la ciudad, los españoles rebautizaron con el sobrenombre de 'Panecillo', por su parecido a un pan pequeño.

Y tras muchos avatares, el fortín del Panecillo español desapareció y, en 1950, las autoridades quiteñas comenzaron a poner en marcha del proyecto de un monumento que se divisase desde cualquier punto de la ciudad. El plan fraguó en 1969 y, como era de esperar, se eligió a la Virgen de Legarda para que se convirtiese en el colosal icono de la ciudad.

La construcción de la base de piedra volcánica no terminó hasta 1975. Sólo entonces se comenzó a montar las 7.400 piezas de aluminio que conformaban la estatua, muchas de las cuales habían sido diseñadas y realizadas en Madrid por el español Agustín de la Herrán. El ensamblaje de las piezas fue como montar un enorme rompecabezas y, hasta finalizarlo, se tardó un año.

Allí está desde entonces la mayor escultura de aluminio del mundo y la número 58 entre todas las estatuas más altas del planeta, superando incluso al famoso y mundialmente conocido Cristo de Rio de Janeiro. Desde allí, a sus pies, un mirador natural desde el que se divisa en todo su esplendor a este ciudad patrimonio de la Humanidad.

Y desde entonces, proliferan las leyendas y las tradiciones piadosas sobre la Virgen alada. Como la que dice que mira al norte y da la espalda al Sur, porque a su espalda están los pobres, sus hijos preferidos, mientras al norte se encuentran los más ricos y poderosos,a los que María llama y se dirige para que tengan entrañas de misericordia. El norte para ir al sur de Quito tiene que pasar por el Panecillo. Al menos, espiritualmente.

Otra leyenda asegura que, en el corazón del Panecillo se oculta parte del tesoro de Atahualpa, que jamás se ha encontrado. Y también se dice que a una pobre pastora, que había perdido su vaquita en la montaña, se le apareció una princesa (la Virgen) y, para consolarla, le regaló una mazorca de oro. O eso, al menos, cuenta Anita Erazo, la guía de Quito Turismo, que me acompañó a la montaña 'sagrada'.

Lo que nadie discute es el amor de los quiteños por su Virgen alada, símbolo y orgullo de una ciudad mariana por excelencia. Una imagen que representa el triunfo sobre la serpiente del pecado, atada con una cadena y aplastada por el pie de María. Una imagen de la madre protectora, "vida y esperanza nuestra", cuya omnipresencia sienten los quiteños en el corazón, incluso sin verla.

Fuente periodistadigital.com