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Quito celebra por lo alto un aniversario más de su fundación con una secuencia de actos de variado contenido que, por estos días, ha convertido a la urbe en un gigantesco escenario al que asisten propios y extraños; en esa agenda festiva brillan con luz propia los espectáculos taurinos que se llevan a cabo en el ruedo de la Plaza Belmonte que, además, conmemora cien años de su inauguración.

 

La efeméride dio lugar a la organización de cuatro festejos a los que se apuntaron los mejores toreros del mundo y sobresalientes espadas nacionales; dentro de esa lujosa programación el sábado desfilaron por el tradicional redondel tres de las más importantes toreros del momento que ofrecieron una tarde redonda enmarcada en la alegoría de la temática goyesca que incluyó sonados triunfos y pasajes memorables en una intensa secuencia de buen toreo celebrado con entusiasmo por el respetable.

 

Fue por delante el maestro Antonio Ferrera que recogió un total de tres orejas simbólicas; en el que abrió plaza toreo con delicadeza a la verónica y exhibió temple con la muleta en una labor esencialmente derechista que culminó con pases circulares y vistosos adornos en un quehacer interesante que valió un apéndice. Lo ocurrido en el cuarto de la tarde tuvo categoría de comienzo a fin, desde el efervescente tercio de banderillas compartido con la cuadrilla; la sapiencia del lidiador que, con la tela roja, sometió a su oponente al comenzar el trasteo para, más tarde, estructurar rítmicas series de muletazos al usar la mano diestra. Tuvieron empaque y personalidad los pases que gustaron al respetable que impulsó al presidente de plaza a la entrega del doble premio.

 

Con la parroquia entonada por el buen hacer de quien encabezó la linajuda terna, el joven Andrés Roca Rey consiguió muy pronto encontrar el derrotero del triunfo ante un buen toro de Triana al que toreó a gusto desde el sobrio capoteo inicial con verónicas a pies juntos y las chicuelinas posteriores. Con desparpajo se pasó al astado en cuatro estatuarios en los que descubrió la calidad de la res de repetidoras acometidas que permitieron que en los medios de la arena presente la muleta con la derecha para delinear la tauromaquia de largo trazo, temple y mano baja; fueron cinco estupendas series previas al vistoso giro del toreo en circular con que culminó una tarea que equivalió a dos apéndices. En el que completó su lote escuchó palmas tras una labor breve por la poca duración de la res; sin embargo, se lució en el toreo de capote en especial a la hora del variopinto quite.

 

El triunfo de sus compañeros aupó al joven Ginés Marín a desplegar su magnífico concepto taurino en el que cerró el festejo al que dibujó una inteligente faena, expresada con sentimiento ante un astado que reclamó intuición al manejar el engaño y sensibilidad para conducir las embestidas. En el centro del redondel, uno a uno, florecieron bellos muletazos dichos despacio –como se debe decir el mejor toreo- hilvanado con imponentes pases de pecho.

 

El muleteo de orfebre sumó naturales y sinceras manoletinas citando de frente. Fue con diferencia la faena de la tarde; pese a ello, para sorpresa de todos, el palco apenas extendió una oreja que exhibió con orgullo tras bordar el toreo en el centenario ruedo. En el corrido en tercer lugar ya dejó su impronta de torero de calidad en el acompasado lancear a la verónica y en tres buenas series por la izquierda que también valieron un trofeo.

 

Al final el joven Ginés Marín salió a hombros de la plaza junto a sus compañeros Antonio Ferrera y Andrés Roca Rey, al cabo de una tarde en que se vivió toreo del bueno.

Por: Santiago Aguilar