Hay menos huella ecológica en Ecuador por la crisis que redujo el consumo

La reducción de la huella ecológica que deja cada ecuatoriano postergó al 14 de diciembre de 2019 la fecha cuando la demanda anual de recursos excedió lo que los ecosistemas alcanzan a regenerar en un año. El límite del 2018 fue el 28 de octubre. El objetivo es atrasar más la fecha sin sacrificar el bienestar.

Mathis Wackernagel, presidente de Global Footprint Network (GFN) –organización internacional pionera en medir la huella ecológica– dice que si bien los recursos que se pueden renovar en un año alcanzaron más tiempo en el país, esto respondió a la condición de un menor poder adquisitivo.

 

“La reducción no es el resultado de estrategias de sostenibilidad cuidadosas, sino que está impuesta. Eventualmente, el exceso de la humanidad terminará. Podemos elegir si el cambio se da mediante estrategias diseñadas o de forma obligada por las consecuencias desastrosas”, indica.

Con el cambio se refiere a conseguir una reducción de la huella con el uso más eficiente de los recursos. El reto de este siglo, dice el especialista suizo, es cómo mantener el bienestar sin abusar de los ecosistemas.

El ministro del Ambiente, Raúl Ledesma, afirma que la postergación de la fecha límite este año se debe también a una mayor productividad, lo que implica el uso de menos tierra en las actividades agropecuarias. “Hasta el 2018 Ecuador mantenía un nivel de consumo acorde con la capacidad regenerativa de la naturaleza, a esto se lo conoce como superávit ecológico (es decir), la demanda de los recursos naturales no sobrepasa la oferta de recursos disponibles”, asegura.

Tecnologías más eficientes y tener fuentes de energía renovables que no dependan de los combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural) están entre las alternativas para reducir la huella ecológica.

“No hay otro futuro posible para cada empresa, ciudad, país y humanidad que el de vivir eventualmente de la regeneración del planeta, no de su liquidación”, dice Wackernagel.

La seguridad de garantizar los recursos a largo plazo se está convirtiendo en un factor cada vez más importante para la competitividad de un país. “Tener una reserva de biocapacidad, que en Ecuador se está reduciendo, significa que el país ha estado perdiendo una de sus ventajas competitivas más importantes”, agrega.

Tarsicio Granizo, director del Fondo Mundial para la Naturaleza en Ecuador, sostiene que el país debe definir a corto y mediano plazo el modelo de desarrollo que seguirá. Si sigue apostando a la extracción de recursos no renovables que son finitos o camina hacia una economía basada en la exportación de productos renovables.

Ecuador aparece en el puesto 45 de los 51 países del mundo cuya biocapacidad (la oferta de recursos) excede su huella ecológica (el rastro que deja la producción y el consumismo).

En los primeros puestos están Suriname y Guyana, ambos en América del Sur. Las dos son economías de ingreso mediano alto, según el Banco Mundial, al igual que Ecuador, pero tienen una densidad poblacional baja de máximo 3 habitantes por kilómetro cuadrado. En el país hay 66 habitantes por kilómetro cuadrado lo que genera mayor presión sobre los recursos.

El país requiere de 28 millones de hectáreas globales (hag) para suplir su consumo actual, 1,8 hag por persona, y tiene una biocapacidad de 32,5 millones de hectáreas globales (2 hag por persona). Pero la sobreoferta de recursos naturales llega a su fin. Hace 58 años, en 1961, requería para suplir el consumo de 5,8 millones de hag y tenía una biocapacidad de 35,2 millones.

El área actual utilizada para suplir el consumo creció casi seis veces en 58 años, un aumento del 21 %, mientras que la biocapacidad de regeneración se redujo un 8 %.

La tala y el transporte tienen peso en la huella nacional

Los gobiernos de Noruega y Alemania entregarán $18 millones a Ecuador como compensación por la reducción de la deforestación que implica una menor emisión de gases de efecto invernadero que provocan el calentamiento global.

La deforestación disminuyó en el país entre 2017 y 2018 el 30 % en comparación con los niveles del periodo 2001 y 2014. El ministro del Ambiente, Raúl Ledesma, asegura que con el monto se recompensará a los actores que reducen la deforestación y a los que protegen los bosques. “Esto incluye el apoyo al Programa Socio Bosque, que contribuye a los medios de vida pagando a las comunidades”.

Tarsicio Granizo, exministro del Ambiente y director para Ecuador del Fondo Mundial para la Naturaleza, asegura que el principal problema en cuanto a su huella ecológica es la deforestación. “Algo ha mejorado en los últimos años, pero todavía se pierden unas 60 000 hectáreas al año… La mayor cantidad de gases de efecto invernadero que se producen en el país son por el transporte y la deforestación”, dice.

La alternativa es lo que se conoce como descarbonizar la economía que implica una menor dependencia de los combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural). “Poco a poco tenemos que pensar en migrar al transporte eléctrico o por lo menos híbrido. Mejorar la calidad del combustible, todavía usamos motores con tecnología que ya en Europa ni se usa”.

Una solución es dar valor agregado a la rica biodiversidad que tiene el país, lo que se conoce como bioeconomía. “Apostar a otros recursos que pueden ser sostenibles en el tiempo y renovables. No digo que no se explote el petróleo o que no se haga minería, lo que digo es que es necesario pensar qué economía queremos para el país porque el petróleo se acabará y la minería no es la maravilla que nos pintan, tiene impactos muy grandes”, menciona Granizo.

Ya hay ejemplos de negocios basados en la bioeconomía como los que explotan la caña guadua nativa, que se siembra en las provincias de Santa Elena, Pichincha y Santo Domingo de los Tsáchilas.

En la Amazonía hay comunidades indígenas que exportan esencias naturales de flores y de frutas. La hoja de ruta, insiste Granizo, es dar valor agregado a la biodiversidad. Desde lo que se extrae del mar o el turismo que incluya el avistamiento de anfibios y reptiles.

Hay empresas que venden anfibios criados en cautiverio sin extraerlos de la naturaleza y los venden a coleccionistas de Europa y Estados Unidos y hay quienes investigan las pieles de las ranas para sacar sustancias que pueden ser usadas en la medicina, dice Granizo.

Una meta del Plan de Desarrollo es subir el peso de lo que genera la bioeconomía para que represente el 15 % del Producto Interno Bruto Industrial. Hoy es del 12 %. “Cumplirla implica inversiones en innovación e investigación y cómo se garantiza la exportación de estos productos a nuevos mercados” , indica Granizo.

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